Las redes sociales ya no son sociales, son económicas, porque la idea de compartir una idea, un evento, una marca o una persona ha quedado supeditada al dinero que le podamos apostar, para que el algoritmo juegue para nosotros y nos distribuya el mensaje.
Tienes que contar con una gestión profesional de las redes digitales si quieres que alguien se detenga a verte. Porque justamente de atencionalidad se trata esto, que nos vean. Para lograrlo debemos pagar, para abrir una cañería que jurábamos abierta. Las grandes corporaciones mueven inversiones importantes para lograrlo, también los influencers profesionales: le hablan al oído a nuestros amigos y amigas, colegas, ex de todo tipo y familiares que seguimos hace quince años, casi el mismo tiempo que no los vemos.
Las redes sociales se construyeron para conectar personas, pero hoy los algoritmos deciden qué vemos, qué escuchamos, qué historias merecen ser contadas.
Nosotros creemos que todavía hay espacio para las ideas, la conversación y las historias que nacen sin presupuesto detrás.
Porque al final, lo que realmente importa no debería depender de cuánto dinero se invierte, sino de cuánto sentido tiene.
¿Hasta qué punto seguimos siendo protagonistas de nuestra propia historia?
Somos una agencia con capital cultural. no necesitamos hablar más, no necesitamos gritar más, no necesitamos de un taxímetro para establecer una relación con nuestros clientes, porque tenemos una forma de entender del mundo. Nos preocupan las decisiones editoriales de la vida de nuestros clientes y de la relación que ellos establecen con sus usuarios, seguidores y fans. El capital cultural nos permite tener ideas autónomas y saber de qué hablamos cuando hablamos, más allá de lo que nos indique el algoritmo que seguirá siendo sólo una herramienta sin influir en nuestras decisiones verdaderas.
